La niña que fabricaba estrellas

Era una niña de ocho años,
con manos frías y corazón encendido, jugaba a ser madre de muñecas rotas y reina de castillos hechos con cartón.

Su voz no era escuchada, pero los libros le hablaban bajito,
como si supieran que ella
había nacido para esconderse.

Creció buscando amor en las esquinas de las palabras.
En la secundaria, vio por primera vez unos ojos que no dolían.
Era un chico brillante, una chispa en medio de su noche.
Pero el amor le daba miedo,
porque en casa el amor era grito o ausencia, y ella… solo quería ser vista sin tener que gritar.

Se arriesgó.
Le dió forma a la esperanza con sus manos torpes.
Pero cuando el final de curso llegó, sus caminos se dividieron
como trenes que se rozan pero nunca se detienen.

Él se fue. Ella también.
Cada quien con su silencio y su “qué habría pasado si…”
La ciudad cambió.
El mundo ahora era ruidoso, brillante, distinto.
Y entre tanto, apareció él:
un alma hermosa, de voz tibia,
de palabras suaves como lluvia de verano.
Ella lo admiró.
Como se admira a quien parece tener el mapa cuando tú solo tienes preguntas.

Se amaron, sí.
Con miedo, con temblores, con dudas.
Dos contra el mundo.
Pero el amor no siempre basta
cuando las heridas no han sanado.
Vinieron los celos, las mentiras que nacen del miedo, los pasados que golpean la puerta cuando creías haberlos enterrado.

Ella dejó de ser ella,
y él dejó de verla.
Ya no eran hogar, eran ruina compartida.
Y entonces, se fue.
Porque así había aprendido a sobrevivir: huyendo.

Pero esta vez, no fue por miedo.
Fue por buscar una luz.
Y la encontró.
En otra ciudad.
En otros ojos.
Una alma nueva,
con manos que sabían sostener,
y con una fe que hablaba de un Dios que no abandona.
Ella, tan rota, tan niña aún,
se sintió princesa por primera vez.

Se dejó cuidar.
Se dejó llevar.
Y por un instante creyó que esta vez sí…
que esta estrella sí era suya.
Pero las estrellas no se poseen.
Se contemplan.
Y esta, también tenía sombras.
El miedo volvió. La desconfianza también.
Los secretos, las heridas,
la brújula sin norte.

Ella gritó.
“Quédate conmigo”
Y lo decía en serio.
Porque para ella, las palabras aún tenían peso.
Pero no fue escuchada.
Se rompió.
Como antes.
Pero esta vez… algo fue distinto.

En la oscuridad del abandono,
en el túnel sin salida,
vió una luz que no venía de ningún hombre.
Era su padre.
Era su Dios.
Era el perdón que no supo pedirse nunca.
Y allí entendió:
ella no era una víctima.
Tampoco una villana.

Era solo un alma que amó demasiado,
que quiso sanar con amor ajeno lo que solo se cura por dentro.
Porque a pesar de todo,
jamás odió.
Ni siquiera a quienes la rompieron.
Ella…
ella fabricaba estrellas.
Tomaba las ruinas de otros
y les ponía luz.
Con su paciencia.
Con su ternura.
Con su amor que no pedía nada a cambio.

Y cuando menos lo esperaba,
regresó un alma del pasado.
Una que ella había herido.
Y en sus ojos había miedo, sí.
Pero también amor.
¿Podrán dos almas rotas volver a ser una?
¿O solo están destinadas a recordar lo que fueron?
Ella no lo sabe.
Pero ha aprendido algo:
No todas las estrellas están destinadas a quedarse…
algunas solo vienen a enseñarte
que incluso en la oscuridad…
tú puedes brillar.

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